Hoy nos adentramos en el encuentro entre Concha Pedrosa y Ricardo Casstillo en 2007, un momento clave del que nacieron una profunda amistad y una colaboración decisiva.
Concha–una mujer de espíritu inquieto, historiadora de arte, docente, teóloga, y, además, empresaria cultural– había abierto una galería de arte en 2003, que llevaba su nombre: Galería Concha Pedrosa.
Situada en la calle Torneo 46 de Sevilla, arrancó su andadura con la acuarelista Elena Soto Wilson, decidida a acoger a artistas de trayectorias diversas, tanto emergentes como consolidados, pero siempre con la clara intención de impulsar el arte contemporáneo.
Como consecuencia de esa estructura social tan cerrada que caracteriza a Sevilla –una ciudad acogedora en lo afectivo, pero difícil de penetrar en lo social–, su incorporación a los círculos artísticos de la ciudad no resultó sencilla. Si bien no era una completa desconocida y ya mantenía contactos con el mundo del arte como coleccionista y visitante habitual de ferias de arte como ARCO, el acceso a esos ámbitos seguía estando marcado por corrillos donde la vanguardia sevillana se reconocía a sí misma.
Aun así, gracias a su carácter emprendedor, dio el salto y montó su propia galería, pese a las advertencias sobre lo arriesgado que resultaría abrirse camino en un entorno de redes firmemente establecidas y poco inclinado a lo nuevo.
Pocos años más tarde, movida por la necesidad de un espacio mayor para sus exposiciones, en febrero de 2007, inaugura su nuevo local en una pequeña y acogedora calle muy cercana al Museo de Bellas Artes. Una calle cuyo nombre es el seudónimo literario de Cecilia Böhl de Faber, la novelista de origen alemán que vivió en Sevilla: calle Fernán Caballero. “Arte auspiciado por una mujer en un lugar con nombre de creadora” decía Marta Carrasco, en su artículo del 8/3/2007
Para darse a conocer y ganarse el respeto de quienes, amparados en años de oficio y en un entorno reducido y celoso, miraban con recelo a cualquier neófito que osara cruzar sus fronteras, decidió apostar por un gesto contundente. Así, tras varios meses de preparación y con el respaldo del pintor Joaquín González (Quino) y de su colaborador Andrés Luque Teruel, profesor de Historia del Arte de la Universidad de Sevilla, optó por inaugurar su espacio con una gran exposición dedicada a los pintores sevillanos de la generación de los 80.
Sin embargo, todo apunta a que otro galerista –de mayor recorrido en el arte contemporáneo que la Galería Concha Pedrosa–coincidió en la idea que ella había concebido. En cuanto tuvo noticia de que se estaba preparando una muestra similar y con esos mismos artistas –viejos conocidos de él– advirtió a los pintores de que si participaban en la exposición de Concha no volverían a exponer en su galería.
RICARDO CASSTILLO, EL PUENTE ENTRE ARTISTAS
Ricardo, al conocer la advertencia que aquel galerista sevillano, animó a participar en la exposición a sus antiguos compañeros de Facultad y amigos pintores de su generación, para apoyarla. Tenía el reconocimiento del grupo como referente y colega respetado, lo que fue decisivo para que muchos de ellos se decidieran a cruzar por primera vez la puerta de la galería de Concha Pedrosa.
Ese respaldo profesional fue también el germen de una relación personal cada vez más estrecha. Los asiduos encuentros en el local y las largas conversaciones sobre arte, filosofía o poesía entre Concha y Ricardo dieron paso a una camaradería sincera, de la que nació un nuevo impulso para la andadura de la galerista. A ello se sumó la confianza que la Pedrosa depositó en el criterio de Casstillo a la hora de incorporar nuevos pintores a su galería, consciente de su mirada experta y de su sensibilidad para reconocer propuestas valiosas.
VIGENCIA DE LAS VANGUARDIAS EN LA PINTURA SEVILLANA
Aquella exposición habían estado gestando –una colectiva centrada esencialmente en los 80– tuvo que dar un giro ante aquel percance. Para evitar repetir el mismo título y contenido, Andrés Luque, que venía colaborando en textos y catálogos con la galerista, planteó algo mucho más ambicioso: editar un libro sobre todas las vanguardias de la pintura sevillana. Un vademécum que ofreciera un panorama amplio y riguroso, y el conocimiento de las vanguardias históricas partiendo de Pérez Aguilera, El Club la Rábida y pintores de lo social como Paco Cortijo y Francisco Cuadrado hasta los ochenta en Sevilla.
Así fue. Como bien puntualizaba Marta Carrasco en el citado artículo: “la iniciativa no se quedó tan solo en una exposición, sino que ha abarcado también un proyecto editorial de la galería, inaugurado por el libro del profesor Andrés Luque Teruel: Vigencia de las vanguardias en la pintura sevillana”.
Con la publicación del libro, Concha Pedrosa se mostraba orgullosa del logro alcanzado y lo subrayaba en la introducción del volumen al destacar que “por primera vez, un grupo representativo de los pintores sevillanos de las últimas décadas del siglo XX ve reunida su obra, lo que permitirá —también por primera vez— valorar en su conjunto el fenómeno artístico que supuso aquel movimiento creativo en el ámbito local, nacional e internacional”.
La inauguración de la exposición y la presentación del libro fue un rotundo éxito. El acto contó con una destacada representación del empresariado sevillano, así como con el respaldo académico del catedrático de Historia del Arte Teodoro Falcón y del entonces profesor —hoy catedrático— Andrés Luque. A ello se sumó la presencia de los directores de las galerías más reconocidas de la ciudad, como Rafael Ortiz y Pepe Barragán, junto a numerosos artistas y miembros de la sociedad sevillana, creando un ambiente vivo y enriquecedor que confirmó la relevancia y el alcance del acontecimiento.
La gran exposición colectiva fue comisariada por Joaquín González (Quino) y contó con un elenco de pintores de distintas generaciones y de la importancia de Miguel Pérez Aguilera, José Luis Mauri, Luis Gordillo, Paco Cuadrado, Francisco Cortijo, Gerardo Delgado, Manuel Salinas, Marina Díaz Velázquez, Juan Fernández Lacomba, el mismo Quino, Rolando Campos, Guillermo Pérez Villalta, Pedro Simón, Carlos Montaño, Horacio Hermoso, Carmen Rufo, Juan José Fuentes, Rafael Zapatero, Manolo Cuervo, Paco Broca, José Manuel Pérez Tapias, Álvarez Fijo, Rorro Berjano, Alberto Donaire, y cómo no Ricardo Casstillo.
“Ninguna entidad privada había planteado antes una visión de conjunto y con la perspectiva y la independencia necesaria de las vanguardias sevillanas, sin exclusiones de posiciones ni de tendencias, y con la participación directa de un número significativo de los pintores artífices de las distintas etapas” señalaba Andrés Luque sobre su trabajo.
El libro ofrece un recorrido por la pintura sevillana contemporánea, desde su evolución histórica y la superación de la ausencia de núcleos vanguardistas, hasta la vigencia del realismo lírico, la transformación de la pintura social y las diversas corrientes de abstracción. Se destacan las propuestas posmodernas y las interpretaciones simbólicas de artistas recientes, en las que entra a formar parte Ricardo Casstillo y su contribución a los valores simbólicos de la pintura sevillana. Los capítulos finales abordan la actualidad de los realismos y variantes figurativas, así como la cuarta generación de pintores abstractos, conectando tradición y tendencias recientes.
En el capítulo XIII Luque sostiene que, en ese momento, convivían dos corrientes artísticas que se influían mutuamente. Por un lado, las nuevas vanguardias emergentes y, por otro, una visión postmoderna del arte, sobre cuyo trasfondo examina los valores simbólicos presentes en la obra de estos nueve artistas, entre los que incluye a Casstillo.
Ricardo forma parte de la exposición y del libro con su obra El Inquilino Elemento II. En él se aprecia la lectura de imágenes procedentes de su vida cotidiana, a veces como un homenaje íntimo a lugares o personas de su entorno, y otros testimonios sobre temas sociales1
Si bien Luque describe un escenario artístico donde la mezcla entre nuevas vanguardias, revisiones históricas y búsquedas figurativas dio lugar a símbolos inéditos, profundamente vinculados a la cultura de cada creador, en este cuadro que Ricardo expone, se cumple esa convivencia de corrientes.
Ya el propio Casstillo define su estilo como “un neosimbolismo inscrito dentro de un arte heredero del surrealismo y de las nuevas vanguardias alemanas y norteamericanas, marcado por una fuerte carga simbólica centrada en el ser humano y en su entorno vital”. De este modo, la obra propuesta coincide, en buena medida, con la lectura de Andrés Luque.
Por otra parte, Luque lo describe como un artista muy seguro de su propio lenguaje, y considera que su pintura llevó las ideas y los símbolos a un nivel intelectual muy alto, usando medios claros y calculados con profundidad. Y es cierto, asumió los logros de las vanguardias artísticas y los convirtió en un estilo propio, sencillo pero eficaz.
Y por último, señala, además, que sus obras tratan temas relacionados con la condición humana, sobre los cuales reflexiona mediante imágenes directas cuyo significado se construye a través de asociaciones simbólicas. Lo que se confirma desde sus primeras obras y recrea a modo de relato en su etapa El Limbo de las Cosas.
En conjunto, estas dos miradas ofrecen una visión coherente y complementaria: Casstillo como heredero crítico de las vanguardias, creador de un lenguaje simbólico personal y testigo de su propia experiencia vital, cuyas obras expresan tanto inquietudes íntimas como reflexiones sobre la condición humana y su entorno.
La buena sintonía con Concha Pedrosa, alimentada por la confianza mutua, no tardó en dar frutos. Pocos meses después, Ricardo Casstillo presentó en su galería una de sus muestras más significativas: EXTASISGRAFÍAS. Una exposición individual, centrada en la exploración de la psique humana y sus límites, que abordaremos en la siguiente entrada.
Pepa Pineda Villarrubia. Sevilla, lunes 15 de diciembre de 2025
- Yñiguez, José. El Limbo de las Cosas I (catálogo) Ed. Diputación Huelva, 2003



