Hablar de Ricardo Casstillo es adentrarse en un territorio donde el arte dialoga con la mente, donde la pintura se convierte en una cartografía íntima del pensamiento y el cuerpo.
La historia que aquí se cuenta nace en Triana, de la mano de Carmen Carmona y su proyecto Artistas por Triana.
Carmen Carmona es una galerista sevillana, profundamente vinculada al universo cultural del barrio de Triana, al flamenco y a la devoción rociera. Su identidad trianera no sólo forma parte de su biografía, sino que ha influido en su modo de entender el arte como un lugar donde tradición y contemporaneidad conviven. Desde esa sensibilidad ha impulsado galerías y proyectos que han contribuido a visibilizar a artistas andaluces y a dinamizar la escena cultural sevillana.
Artistas por Triana fue un proyecto en apoyo a la Hermandad del Rocío de Triana, con la que Carmen mantenía una estrecha relación. La exposición se celebró en La Sala de Exposiciones del Apeadero de los Reales Alcázares de Sevilla del 21 al 30 diciembre de en 2007. La muestra reunió a 32 creadores sevillanos o vinculados a la ciudad, que fueron seleccionados con criterios profesionales y de calidad. Entre ellos figuraban Santiago del Campo, Paco Cuadrado, Manolo Cuervo, Beatriz Bardeau, David López Panea, Fernando Baños, Rorro Berjano, Antonio Godoy, Carlos Orta, Laura Inés Bernal y Ricardo Casstillo. Pero, además de su dimensión estética, el proyecto tenía un fin benéfico, destinado a recaudar fondos para colectivos desfavorecidos.
La conexión con Casstillo no fue solo artística, sino también vital: Carmen Carmona vivió en la calle Castellar de Sevilla, junto al histórico Corral de los Artesanos, en el número 48, donde Ricardo tuvo su estudio durante muchos años. Este territorio compartido, cargado de memoria creativa y vida cultural, junto a su reconocimiento artístico favoreció el vínculo entre ambos y explica su presencia en esta exposición.
ÉXTASIS DE LA TRANSMIGRACIÓN
En el contexto de Artistas por Triana Ricardo Casstillo presentó Éxtasis de la transmigración, una obra que sintetiza algunas de las intuiciones más profundas de su pensamiento plástico: la relación entre cuerpo y mente, la persistencia del alma y el deseo de trascendencia.
Aunque la muestra impulsada por Carmen Carmona estuviera ligada a la Hermandad del Rocío, Casstillo eligió no una iconografía religiosa literal, sino una imagen metafísica en la que el cuerpo se disuelve como energía flotante, en tránsito, suspendido entre dos cerebros que funcionan a la vez como origen y destino. Su título remite directamente al concepto de transmigración del alma —presente en el hinduismo, en el budismo e incluso en la filosofía pitagórica— según el cual el alma atraviesa distintos cuerpos en su camino evolutivo.
Ese tránsito se hace visible en la obra: la figura humana, casi evanescente, parece desplazarse por un espacio líquido o mental, como si estuviera cruzando el umbral entre la vida y otra forma de existencia. Los cerebros —uno en rojo, otro en azul— no representan un estudio anatómico, sino dos estados del ser: el que abandona y el que espera.
Es significativo que Ricardo eligiera el cerebro y no el corazón como símbolo de la vida espiritual. Esta decisión confirma lo que ya se afirmaba en sus Extasisgrafías de 2006: él ya estaba pensando en el cerebro no como un órgano, sino como escenario poético, filosófico y existencial. En el cuadro, el cerebro es lugar de tránsito, de memoria, de reencuentro entre lo humano y lo trascendente.
La obra nos conecta, también, con su serie Cruces en el camino (1999), donde aparecía la figura del psicopompo —el guía de las almas— pero ahora ya no se trata de ser conducido al más allá, sino de renacer en un nuevo cuerpo, de seguir transformándose. La muerte no es un final, sino un cambio de estado, una migración energética.
Mientras que Artistas por Triana se vincula al Rocío —camino, tránsito, viaje colectivo— Casstillo propone otro camino: el del alma que sigue caminando incluso después de la muerte.
el córtex cerebral
Ricardo sentía fascinación por los temas relacionados con la neurociencia, que estudia el sistema nervioso, especialmente el cerebro, con el objetivo de comprender cómo funciona, cómo produce la conducta, las emociones, los pensamientos y la percepción, y qué ocurre cuando algo en él se altera. Como buen artista curioso, veía el cerebro como territorio simbólico, biológico y espiritual. Se documentaba con publicaciones científicas y seguía semana tras semana, desde 1996, el programa Redes dirigido por Eduard Punset, cuya capacidad de traducir conceptos difíciles —neurociencia, física cuántica, genética, psicología— a un lenguaje cotidiano, hacía sentir al espectador que podía entender temas que normalmente quedaban reservados a especialistas.
Hoy la “cultura del cerebro” ocupa un lugar central en la divulgación científica. La neurociencia vive un auge especialmente visible desde la pandemia, cuando empezó a crecer el interés general por el funcionamiento del cerebro, impulsado por la proliferación de divulgadores en YouTube, el éxito de podcasts especializados, el avance de enfoques “neuro” en la psicología popular —neuroeducación, neuromarketing, neuroproductividad— y la publicación masiva de libros de autoayuda.
La palabra neurodivergencia —a la que podría vincularse con la limitación intelectual de una de sus hijas, mencionada anteriormente en este blog— nace en los años noventa en comunidades relacionadas con el autismo. Sin embargo, el auge de la divulgación sobre salud mental y el creciente reconocimiento público de condiciones como el TDAH, el TEA o la dislexia han llevado a que el cerebro se convierta no sólo en objeto de estudio científico, sino también en símbolo cultural.
Estos estudios relacionados con electroencefalogramas ya andaban entre sus manos desde entonces y le sirvieron de base para el desarrollo de su obra hasta convertirse en una seña de identidad, en su marca de autor. Su interés no fue superficial ni oportunista: surge de una herida, de una búsqueda íntima, poética y existencial que lo llevó a convertir la anatomía en metáfora y la ciencia en emoción plástica.
A partir de 2006, comienza a trabajar una serie de obras a las que llamó Éxtasisgrafías, éxtasis (estado de arrebato, trance, iluminación) y -grafías (escritura, registro, trazo) donde el cerebro aparece como mapa, como estructura y como espejo del misterio humano.
Podemos observar cómo cada uno de los diferentes montajes muestran qué electrodos se conectan entre sí para formar cada canal.
En ellas Ricardo trataba de visibilizar aquello que hoy llamamos diversidad cognitiva, memoria, percepción, identidad y fragilidad mental.
En suma, mucho antes de que la neurociencia se volviera tendencia y de que el cerebro invadiera la cultura popular —los libros de autoayuda, los podcasts, los documentales o las redes sociales— Ricardo Casstillo ya había situado al córtex como protagonista simbólico de su obra. Mientras que la mayoría de los artistas miraban hacia otros lenguajes, Casstillo intuía que el próximo territorio sensible, ético y estético sería el cerebro.
Pepa Pineda Villarrubia, Sevilla. Lunes a 17 de noviembre de 2025



